Barahona: Una Historia Extraordinaria y un Futuro por Conquistar.
Pienso y luego existo
Barahona: una historia extraordinaria y un futuro por conquistar
Hace unos meses viajé al extranjero
y, como acostumbro hacer, procuré visitar una librería. Allí adquirí Momentos cumbres de la
humanidad, de Johan Norberg. Su
lectura me llevó a reflexionar nuevamente sobre las oportunidades de desarrollo
de nuestra provincia.
El libro recoge una idea del
historiador económico Joel Mokyr que merece especial atención: «Una sociedad
que ha dejado de preocuparse por el progreso del pasado pronto dejará de creer
en su capacidad de progreso futuro».
Pienso en esta reflexión cada vez que
observo cuánto desconocen las nuevas generaciones sobre la historia de
Barahona: una provincia que alguna vez fue referente económico y comercial,
pero que todavía no ha convertido su extraordinario pasado en una visión
compartida de futuro.
Barahona fue sede presidencial en
1913 y llegó a figurar entre las principales ciudades dominicanas de su época.
Tuvo restaurantes, cines, una intensa actividad comercial y conexiones aéreas
con otras islas del Caribe. Su dinamismo económico estuvo vinculado al
comercio, la actividad azucarera y las comunidades de inmigrantes que
contribuyeron a su desarrollo.
Nuestra tierra vio nacer a Casandra
Damirón, la mayor exponente del folclore dominicano. También conserva el legado
artístico de José Vela Zanetti y una historia intelectual que merece mayor
reconocimiento. En 1923, Juan Bosch publicó en el periódico Brisas del Birán, hecho vinculado a sus inicios como
escritor y que conecta a Barahona con una trayectoria que marcaría las letras
dominicanas.
A ello se suman nuestra tradición
exportadora, el potencial de la conexión marítima y la singularidad del
larimar, cuya única fuente minera conocida en el mundo se encuentra en nuestra
provincia.
Hago estas menciones porque un pueblo
que desconoce lo que fue difícilmente podrá comprender todo lo que todavía
puede llegar a ser. Ese es, precisamente, uno de nuestros desafíos.
Una
mirada a las lecciones de la historia
Al estudiar las grandes
civilizaciones, encontramos factores que se repiten. La palabra que mejor los
resume es florecimiento: innovación, conocimiento, tecnología, intercambio
comercial e instituciones capaces de impulsar el progreso. Detrás de todos
ellos hay una fuerza decisiva: la capacidad humana de pensar, descubrir y
transformar. Por eso, el talento humano es uno de nuestros mayores recursos.
En La historia del cerebro, José Ramón Alonso aborda la
importancia del conocimiento en el desarrollo humano. La historia nos ofrece un
ejemplo revelador: la persecución de científicos por parte del régimen nazi provocó
la salida de numerosos investigadores, muchos de los cuales encontraron en
Estados Unidos la oportunidad de continuar sus trabajos.
Este episodio se relaciona con
lo que se conoce como «El regalo de Hitler»: la paradoja de que las políticas
de persecución y expulsión del régimen nazi terminaran beneficiando a otros
países, especialmente a Estados Unidos, que recibió a científicos y
especialistas cuyos conocimientos contribuyeron a fortalecer su capacidad
científica y tecnológica.
Mientras Hitler intentaba
imponer una visión excluyente de su nación, sus decisiones ayudaron
involuntariamente a fortalecer a otros países. La historia nos deja una lección
clara: despreciar el conocimiento puede significar regalar nuestro futuro.
Esta reflexión invita a mirar nuestra
realidad desde otra perspectiva. Barahona no puede conformarse con disponer de
recursos naturales y esperar que el progreso llegue por sí solo. Necesitamos
vincular la educación con la actividad productiva. Dicho de otra manera:
debemos formar a las personas que realmente necesitamos y preparar a nuestros
jóvenes para responder a las oportunidades de nuestro territorio. Todavía
estamos muy lejos de lograrlo, y eso me preocupa.
El
Sur no es profundo
El historiador francés Fernand
Braudel estudió la influencia de la geografía, las distancias y las conexiones
comerciales en la evolución de las sociedades. Sus planteamientos ayudan a
comprender por qué la conectividad resulta decisiva para el desarrollo
regional.
Por eso, el Sur necesita mejores
carreteras, autovías y una mayor integración territorial que faciliten el
movimiento de personas, mercancías y servicios.
Pero la distancia no es únicamente
geográfica. También puede ser institucional, económica y educativa. Podemos estar cerca de los grandes
centros de actividad y, aun así, permanecer lejos de sus oportunidades.
Para superar esas barreras, debemos fortalecer nuestras
instituciones y elevar la calidad de las decisiones públicas.
La capacidad económica de un
candidato no equivale, por sí sola, a su capacidad para gobernar. Debemos
revisar con urgencia la manera en que valoramos a quienes aspiran a dirigir
nuestros destinos. No se trata de votar únicamente por un amigo o por alguien
que nos cae bien, sino de pensar en las consecuencias de nuestras decisiones
para toda la comunidad.
Necesitamos valorar la
preparación, la integridad, el pensamiento estratégico y, sobre todo, la
voluntad genuina de aportar al bien común. Las decisiones públicas tienen
consecuencias que van mucho más allá de un período de gobierno.
El desarrollo exige seguridad
jurídica, respeto a la propiedad privada, reglas claras y dirigentes capaces de
escuchar opiniones diferentes. Las sociedades que castigan la discrepancia
limitan su capacidad de innovar; las que promueven el intercambio de ideas
amplían sus posibilidades de encontrar soluciones.
No podemos seguir formando
yes-men: personas que dicen que sí a todo para evitar el costo de defender sus
propios criterios. Una sociedad necesita voces capaces de cuestionar, proponer
y disentir con argumentos. La lealtad no debe estar por encima de la verdad ni
el silencio por encima de las buenas ideas.
Una
nueva medida del progreso
Desde nuestra visión, Barahona debe
aspirar a convertirse en una provincia donde vivir, trabajar, invertir y formar
una familia sea una decisión atractiva.
Eso supone evaluar nuestro progreso
más allá de las obras físicas y las cifras económicas. Debemos preguntarnos si
nuestros jóvenes pueden construir aquí su futuro, si las empresas encuentran
oportunidades para crecer y si las familias experimentan una mejora real en su
calidad de vida.
Y debemos ser concretos: necesitamos
escuelas bilingües, un mercado público digno, espacios de recreación, una
oferta gastronómica atractiva, mejores servicios de salud y alojamientos
capaces de responder a las necesidades de visitantes e inversionistas.
No son lujos ni exigencias
desproporcionadas. Son componentes de una provincia que aspira a crecer,
competir y ofrecer mejores condiciones de vida a sus habitantes.
La expresión «Orden y progreso»,
inscrita en la bandera de Brasil, resume dos conceptos que merecen nuestra
atención. El orden es la capacidad de organizarnos, establecer prioridades y
cumplir objetivos. El progreso exige innovar, corregir errores y atrevernos a
hacer las cosas de manera diferente.
Esta transformación no depende
exclusivamente del Gobierno, sino también del ciudadano común. Recuerdo que
alguien me dijo una vez: «Barahona solo necesita de los barahoneros».
La frase encierra una verdad
importante: ninguna transformación será sostenible si sus propios habitantes no
se sienten responsables de ella. Necesitamos ciudadanos que participen,
empresarios que invierten, profesionales que aporten sus conocimientos e
instituciones que cumplan con su deber.
Recuperar nuestra memoria histórica
no significa vivir del pasado, sino aprender de él. Las sociedades que estudian
su trayectoria pueden reconocer sus aciertos, comprender sus errores y tomar
mejores decisiones.
Pensar
para transformar
Barahona tiene historia, recursos y
gente valiosa. Lo que necesitamos es convertir esas fortalezas en un proyecto
compartido, con prioridades claras y resultados que puedan medirse.
El progreso no depende de una sola
persona ni se consigue únicamente con inversiones. Requiere educación
pertinente, instituciones confiables, planificación y una ciudadanía
comprometida con el bien común.
Pienso que nuestro mayor desafío no
es identificar lo que nos falta, sino ponernos de acuerdo sobre lo que debemos
hacer y comenzar a hacerlo.
Históricamente, esa ha sido
una de nuestras mayores dificultades: entender que el desarrollo de Barahona
está por encima de nuestras diferencias y que ninguna aspiración individual
puede sustituir un proyecto colectivo.
Pensar es el primer paso. Ponernos de
acuerdo, organizarnos y actuar es lo que puede cambiar nuestra historia.
Dr. Natanael Gutiérrez Pérez
Doctor
en OdontologíaPresidente del Movimiento Desarrollemos Barahona (MDB)
www.natanaelgutierrez.net
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